
En la antigüedad, se corroboraba la autenticidad de un documento basándose en la veracidad de su contenido y en el testimonio de los testigos; de hecho, el alegato de un reputado ciudadano romano llevaba al traste las intenciones de cualquier delincuente; tanto es así, que la oratoria ciceroniana convenció al auditorio que, indudablemente, Catilina sí era un conspirador. Y aquella acusación le valió al orador una fama inigualable, alcanzando el título de Pater patriae. Pero no siempre la palabra era fiable ni las prebendas del testigo, suficientes. Se requerían lacres en la misiva real y un sello de un león rampante junto a la rúbrica para dar fe que su contenido era veraz. Pero aquellos precintos también podían ser manipulados, de ahí que la tarea de los expertos en caligrafía fue, desde tiempos inmemorables, confirmar que un documento pertenecía o no al sujeto cuya autoría se presumía.Llegeix més »